Y de repente, todo cambia

«María, te mando información de un taller de fin de semana que he visto que van a hacer y que creo que te puede gustar»… Mi amiga Irene me conoce bien y sabe que me encanta la formación y el crecimiento personal, además de todo lo relacionado con la infancia. Ella ese día no sabía que esa formación daría un vuelco a mi vida total.

El día del taller, allí me presenté con Graci, mi amiga, compañera de trabajo y, para más inri, educadora de mi hijo pequeño en nuestra escuela infantil. Al principio pensábamos que iba a ser una formación más sobre educación y pautas para llevar a nuestro trabajo pero, ya en el descanso para la comida, nos dimos cuenta de que no se trataba de eso, ni por asomo. Hablábamos sin parar de nuestras percepciones, nos sentíamos totalmente removidas. Por un lado perdidas por haber experimentando con las dinámicas una mirada radicalmente distinta hacia la infancia, y por otro lado algo perdidas, ¿y ahora qué? Tenía la sensación de que ese era mi camino pero no sabía por donde empezar, pero ya no había otra opción.

El primer paso fue el cambio de foco en mi día a día. De hecho, hablé con mis hijas mayores y se lo expuse abiertamente: «Chicas, os quiero decir que me gustaría cambiar cosas en la forma de tratarnos. Para empezar, de ahora en adelante en casa no va a haber castigos , ni amenazas ni nada de eso. Eso sí, tampoco va a haber premios». Fue mi manera de empezar. Siempre he creído que cuando uno verbaliza sus intenciones, se compromete en cierto modo a ello. ¿Y qué mejores personas para comprometerme que ellas mismas?

Al principio todo era un poco confuso, porque llevamos una mochila de creencias y patrones de conducta de los que siempre hemos tirado y es difícil cambiar. Incluso los niños se sienten extraños. Siempre cuento una anécdota que ocurrió con mi hija Carmen:

Era hora de recoger, y yo cambié mis órdenes habituales («¡A recoger!») por dos herramientas muy usada en Disciplina Positiva, que son las preguntas de curiosidad y las opciones limitadas («Chicas, ¿qué hay que hacer antes de cenar?», «¿Vais a guardar antes los muñecos o las construcciones?). Carmen me miró  como extrañada y me dijo «¡ Mamá! ¡Que no me hables así!». Aún me río cada vez que lo recuerdo. Los niños se sienten desorientados cuando su entorno cambia y ella notó algo «raro», pero no sabía qué era.

Mi camino con la Disciplina Positiva no había hecho más que empezar. A finales de año me certifiqué como Facilitadora de Familias, para dar talleres a padres y madres, lo cual supuso una salida de mi zona de confort enorme, ya que yo siempre he tenido un «publico» infantil y me supone un gran paso tener frente a mi familias esperando conocer otra manera de relacionarse con sus hijos, sobre todo en un entorno en el que puedan estar libre de juicios.

Un año después, apareció la certificación de Primera Infancia (0-6 años) y no tuve ninguna duda de que no me la podía perder. Es el comienzo de todo, Disciplina Positiva en los años más importantes de la vida, donde se forjan los cimientos emocionales. ¡Es una etapa tan poco valorada pero tan determinante para la vida de una persona! Y allí fui, una vez más con mi mentora Marisa Moya, que te hace creer en el cambio de un modo mágico. Quien la conoce sabe de qué hablo.

Nunca imaginé que ese primer taller, con Vanessa, me iba a dar un propósito en mi vida personal y profesional. Ella me dio riendas para mi vida en muchos sentidos. Una vez oí que lo contrario del miedo es el amor ( a los demás y a uno mismo), y no puedo estar más de acuerdo.

¿Y ahora qué? Ahora a crecer, a no perder el norte ni el foco nunca, a aprender de todo, a tener el coraje de ser imperfecto, como decimos en disciplina positiva, a conocer mis fortalezas y usarlas, y mis debilidades para enseñar a mis hijos que hay que huir de la perfección y a utilizar mi parcela de poder para difundir disciplina positiva, que al final es una forma de vida.