Lo perfecto es enemigo de lo bueno

A menudo, en los talleres o en las conversaciones, puedo oír comentaros como “ la Disciplina positiva me hace sentir culpable” o “ es imposible hacer todo lo que propone la Disciplina Positiva” o “ahora hay demasiada presión sobre las madres y lo padres de ser perfectos con tanta técnica nueva” y esto me hace pensar se debe precisamente a que vivimos arrastrando ideas y creencias que condenan el error.

Y me explico. Cuando conocemos la Disciplina Positiva creemos que debemos ser perfectos o, ya no digo perfectos, creemos que debemos hacerlo muy bien o que es imposible hacerlo después de tantos años haciendo las cosas de otra manera. Este tipo de pensamientos actúan sobre nosotros como un bloqueo que nos hace pensar que es todo o nada, que la Disciplina Positiva es muy exigente y que no podemos hacerlo “mal”.

Entiendo muy bien que estas ideas se nos pasen por la cabeza pero…párate a pensar por un momento, ¿piensas lo mismo cuando empiezas a hacer deporte? ¿Crees que si no haces la rutina nueva de ejercicios perfecta desde el primer día no funcionará?, o cuando conoces novedades sobre tecnología, ¿crees que debes saber usarlo todo bien y ya?, o cuando decides empezar a cuidar tu alimentación ¿empiezas a comer todo 100% sano desde el minuto uno? Todo este tipo de situaciones suelen llevar consigo un proceso de cambio a lo largo de un periodo de tiempo. ¡Piensa qué pasaría si te dejases llevar por los pensamientos limitantes de “es muy difícil hacerlo todo bien” sin comprender este proceso. Seguramente, ni lo intentarías.

Cuando se refiere a la relación con otras personas es aún más importante entender esto. Porque cuando tú haces las cosas de una determinada forma con tus hijos, a menudo hoy funciona y mañana no. Y tendrás que pensar en otras maneras de llegar a ellos, conectar, comprender y acompañar entendiendo que en el fondo esto es positivo si quieres niños responsables y colaboradores y no obedientes sin más. ¿Te habías planteado esta diferencia?

Una vez más, con un planteamiento como este, estoy segura de que a muchos os estarán viniendo a la cabeza ideas y pensamientos como los que hablaba al principio.  ¿Es difícil? Mucho. ¿Siempre “funciona” según nuestras expectativas? Desde luego que no. Y, si no “obedece” ¿qué hago? Sé que es complicado cuando nos hemos creído la idea de que hay que hacer pagar por los errores, en lugar de aprender de ellos.

Por esto y por un millón de razones más me cautiva la Disciplina Positiva. Porque defiende que “lo errores son maravillosas oportunidades para aprender”, huye absolutamente de la perfección y la idea de madres y padres perfectos para acercarnos a la idea de padre y madres conectados y respetuosos, nos muestra múltiples alternativas al castigo, nos ayuda a enfocamos en soluciones mirando al presente y al futuro, porque nos enseña a comprender qué hay detrás del mal comportamiento de nuestros hij@s, defiende no juzgar a las personas por sus acciones, etc.

En una entrevista a Jane Nelsen, co-creadora de la Disciplina Positiva, se le preguntó “Y usted, ¿Cuándo se consideró experta en Disciplina Positiva?” y ella contestó “Aún no lo soy”.

Cuando te venga a la cabeza la culpa, cámbiala por responsabilidad y por compasión. Yo, como madre y educadora, me equivoco cada día. ¡Pero es que es imposible no hacerlo! Lo que sí es posible es acercarnos cada día a la idea de persona que queremos ser, dando pasos pequeños, teniendo compasión con nosotros mismos y con los demás, descartando fórmulas mágicas. Unos días son peores y las peleas se encadenan, hay luchas de poder y poco respeto entre unos y otros (y en estos casos nos vienen ideas aún más limitantes como “madre mía, ya hace lo que quiere con migo”, “me toma el pelo”…) y otros días ves a tus hijos buscando una solución a un error que han cometido, pidiendo perdón como algo “normal”, proponiendo un juego a su hermano pequeño para recoger (en vez de amenazarle) y diciendo “mamá, lo mejor de la disciplina positiva es que trata bien a los niños”, y ahí contestas “y también a los adultos, hija” y sabes que por ahí es por donde quieres seguir.

Piensa que el querer hacer las cosas de un modo consciente y respetuoso ya es un paso enorme, comprende que es un proceso y disfruta de él. Despacio. Cada día. Con pasos pequeños pero firmes.