Un metro cuadrado
Una de las cosas que me ha enseñado mi camino en la disciplina positiva es el tamaño de mi parcela de poder. Un metro cuadrado. Y, dentro de él, un pico, una pala y una lupa. Sin relación aparente…pero quien conozca la disciplina positiva sabrá de qué estoy hablando.
Educar es difícil, pero lo es aún más hacerlo con inmediatez, prisas…y miedo. Podemos tener miedo a perder el control de la situación, al qué dirán, a que los niños “se salgan con la suya”, a hacer las cosas de una forma diferente a lo que llevamos en nuestra mochila de herramientas (castigos, amenazas, premios, etc.), y todo esto nos lleva a situarnos en una posición de autoritarismo basado en la verticalidad en las relaciones. También podemos tener miedo a cosas muy diferentes, como a perder el amor de nuestros hijos, a que nos tengan ellos miedo a nosotros, a ser demasiado “duros”, etc., y en este caso, podemos caer en la permisividad, la cual también es irrespetuosa.
El metro cuadrado es una forma simbólica de decir que no debemos ni podemos cambiar a los demás o tratar de convencerlos, sino que el foco hay que ponerlo sobre nosotros mismos. Esto, al principio, puede dar una sensación de desesperación e impotencia porque tenemos miedo a perder el control de la situación y porque llevamos arrastrando muchas generaciones que lo entendían como medio de relación con los niños, basado en relaciones de poder. Pero cuando de verdad lo entiendes, lo que realmente sientes es respeto y responsabilidad. Nuestro metro cuadrado es el tiempo de revisión de las prácticas de nuestro día a día para ver qué creencias hay detrás de ellas que nos llevaron a tomar decisiones. Todas nuestras actuaciones están basadas en creencias que, cuando nos detenemos un instante a pensarlas, podemos comprobar que muchas veces están alejadas de la realidad, pero que las tomamos como verdaderas en un momento determinado. Esta revisión, a menudo, trae sentimientos de culpa. Es importante darse cuanta de que la culpa, lo más seguro es que nos paralice y nos haga sentir mal, por lo que hay que cambiarla por la responsabilidad para comenzar (o continuar) desde nuestro metro cuadrado ,o parcela de poder, nuestro proceso de cambio a la mejora.
La disciplina positiva nos enseña muchas herramientas para entender el comportamiento de los niños y acompañarlos en la vida. Pero, las más importantes y que nunca deben faltar son el pico, la pala y la lupa. El pico y la pala, como bien dice mi mentora Marisa Moya, reflejan el trabajo diario, los resultados a largo plazo, el crecimiento personal, las relaciones basadas en el amor y en el aliento y no en el miedo. Y la lupa refleja el hecho de ver más allá del comportamiento del niño, entenderlo como una respuesta a la necesidad que todo ser humano tiene de pertenecer para, así, “descifrar el código” y asegurarle su pertenencia para que estos “malos comportamientos”, que en disciplina positiva consideramos malas decisiones, desaparezcan o aparezcan lo menos posible.
Nuestra parcela de poder nos permite difundir ideas sobre respeto, actuar de modelo para otras personas que pueden beneficiarse y acercarse a la disciplina positiva, sembrar semillas que poco a poco irán dando su fruto, mostrar a los adultos una forma de relacionarse basada en la tolerancia, en la cooperación, el asertividad y otros grandes valores que contribuirán a mejorar el mundo.
“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo” (Eduardo Galeano)
